Sonó la alarma, el hombre se despertó y dirigió la mirada al reloj: 8 a.m. Dio un salto fuera de la cama y mientras se ponía algo de ropa pensaba en lo que había sucedido la noche anterior. Le había llamado Norma, hermana menor Gloria, una novia que tuvo 6 años antes. Le llamaba para decirle que Gloria había fallecido una semana atrás y su último deseo era que la niña se quedara con el padre, con él. La noticia lo había dejado en shock por la muerte de Gloria, que aún era muy joven, pero más se había sorprendido porque ella jamás le habló de esa hija, al parecer, cuando ella se fue de su lado desconocía el embarazo, y cuando se enteró de este, decidió no comunicarle nada al padre de la criatura.
La niña tenía 5 años, Gloria jamás se casó con nadie, la hermana de Gloria podría encargarse de ella, pero decía que era mejor que el padre lo hiciera, además era la última voluntad de la difunta madre; la niña era muy bonita, inteligente y muy alegre, o eso decía Norma, al menos. Pese a que no estaba del todo seguro que la niña fuera su verdadera hija, no tenía por lo pronto otra opción que ir a recoger a la niña al aeropuerto, llegarían a las 9 a.m., la pequeña y su tía, la cual venía a entregarla. Ya cambiado y listo salió de su casa, abrió el paraguas y al bajar los peldaños a la calle saludo a la anciana que vivía frente a su casa, y que a esa hora, por lo general, estaba barriendo en la acera, caminó hasta la esquina; al llegar empezó a sentir un punzante dolor de cabeza, se percató que un taxi se acercaba e hizo un ademán para detenerlo. El taxi se detuvo, el taxista bajo la ventanilla y preguntó a que a donde quería ir, el hombre respondió que al aeropuerto, acto seguido, abrió la puerta trasera y tras cerrar el paraguas, subió al taxi. El taxista le dirigía miradas al hombre en el retrovisor, era una persona seria y le recordó a un personaje de un cuento ruso que su abuelo le contaba, pero no podía recordaba el nombre de dicho cuento. Mientras qué el taxista trataba de descifrar al pasajero, este se encontraba profundamente concentrado, pensando en todo lo que su vida cambiaría, en lo que haría de ahora en adelante, en como Gloria fue capaz de no decirle nada de la niña nunca.
El taxi avanzo por la Avenida tres, veinte cuadras, dio vuelta en el bulevar Puerto Aéreo y llegó a la entrada del aeropuerto, para entonces el dolor de cabeza del hombre era casi insoportable, jamás se le ocurrió preguntarle al taxista si tenía una aspirina, en realidad el taxista tenía una caja llena de estas bajo el asiento, porque el también padecía migrañas. Le preguntó al taxista cuánto le debía, el taxista le dijo que lo que marcaba el taxímetro y la propina que deseara darle. El hombre le pagó lo que marcaba el cacharro ese y una buena propina, el taxista le insistió en que apuntara su número de móvil, “Para cualquier cosa, ya sabe”. Le agradeció y comenzó a caminar hacia la entrada del aeropuerto, casi nunca se ponía nervioso, pero ese día los nervios, la ansiedad, el desasosiego no lo dejaban respirar bien. Se le antojó un cigarrillo por primera vez en un par de años. Entró al aeropuerto, fue hacia la puerta por la que saldrían los viajeros del vuelo 657 de Florencia, ya eran las 9: 25 y al parecer todos los viajeros ya habían bajado. Solo estaban dos personas sentadas en la sala de espera, una era Norma, su ex cuñada, la otra era una niña que estaba de espaldas. Recordó que con la impresión había olvidado preguntarle a la tía el nombre de la niña. La niña volteó, le dirigió una mirada tímida, y él se quedó congelado. ¡Era un ángel! Era hermosa, se parecía mucho a él; pero, aunque no se pareciera, el sintió, con solo verla que ella era su hija, que no podía ser de nadie más que de él. Le preguntó ¿Cuál es tú nombre, pequeña? Y ella respondió con una voz dulce, mi nombre es Katia. El sonrío y la niña también, él le dijo que le compraría un helado y se fueron caminando juntos, una nueva vida le esperaba a los dos.

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